domingo, 25 de abril de 2010

GRISELDA RULFO -    La Casa De La Infancia
 
bicicletas


No puede recordar la primera casa en que vivió. Supone que debió estar en La Playosa, donde nació. Tal vez en el campo, entre gallinas estrepitosas, pavos burlones, alguna vaca lechera, dos caballos de tiro, un sulky, la volanta del patrón, y el acoplado lleno de heno, que agolpa en los sentidos de dos años el aroma florecido y húmedo de las tardes embrujadas de reflejos dorados, cuando el párpado del sol se cierra entre corona de estrellas, mirándola.
 
  Tal vez la música que suena aún en ella fue la del trino mañanero de los siriríes en ángulo, cortando el espacio, o la de los gorriones tardíos jugando entre el gris de los plátanos, o de los laboriosos horneros desenvolviendo su atavismo en el ir y venir de barro y pajitas.  Nacida allí, en el pentagrama metálico extendido entre fuertes brazos de quebracho donde aún persiste el brillo húmedo de gotas transparentes, enhebrando un rosario de anhelos.  Mientras papá reina sobre la vieja cosechadora de esperanzas y los ojos abiertos de los búhos muestran el asombro cotidiano. Tal vez porque la memoria consciente no lo sabe, esta fue su primera casa.
 
  Después, la vorágine.  Como nómades sin terruño, viajaron seis largos años de " tienda en tienda", bordando un camino incierto entre los barrios de la Villa.  Sin arraigo, sin recuerdos, sin espacios, sin estar, como una sombra envolviendo el olvido de cuatro seres que van abandonando sus sueños en el arcón vencido por el traqueteo de las mudanzas repetidas y la siempre nerviosa insastisfacción de la madre, excesivamente joven, perdidas en la búsqueda ignorada.  O la tranquilidad azul de la mirada masculina apretando las manos confiadas de los hermanos, entre risas y llantos, asomándose a un mundo inacabado y elocuente.
 
  Allí, entre el afecto y la crisis, compañero de cada instante, el espejo de gran luna de plata dibuja el eco de la vida entre tallados oscuros, de retorno y huída.  " Espejito, espejito"...  sin voces, la pregunta no pronunciada se nutre de reflejos mientras la vanidad femenina encuentra su eco en el narcisístico juego de solución y espera.  "Mmm..." A ese peinado le falta gomina.
 
  Dos rostros, rosados y espectantes, se zambullen en la magia de cristal en búsqueda de ternura y hallazgo.  Cada jornada, cuando el padre parte hacia la tarea  cotidiana y la madre se fuga en busca de quimeras, los niños, después de guerras fraternales, de autitos pisoteados y muñecas estranguladas, se asoman al aljibe del misterio de la luna inalcanzable.
 
  UNa tarde, cuando sólo la hija, colmado el regazo de tristeza silenciosa, con una cascada de lágrimas nacidas del temor a la soledad, se aproximó al espejo, una luz intensa, nova explosiva, agota las sombras y la envuelve estallando luego en microscópicos fragmentos.  Cuando regresó la madre gritó su nombre, enfadada por el espejo roto.  El hermano juntó trozos de vidrio para hacer un experimento.
 
  Sólo el padre vio, en la pared, una lágrima brotando del cristal incrustado que mojó de cariño sus manos extendidas.
 
     de "Nueve y diez... el que no se escondió se embroma”
corresponsal Susana Zazzetti.
 

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